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Serlock Holmes, personaje creado por Sir Arthur Conan Doyle se convirtió en algo más que en un mero personaje de ficción. Forma ya parte del imaginario colectivo. ¿Existe alguien que no sepa quién es Sherlock Holmes? Todos los conocemos. Tanto a él como a su inseparable Watson. Pero si tan sólo lo conoces por las adaptaciones cinematográficas, os recomendamos que leáis sus relatos. Seguro que no os defraudarán. Pero, ¿quién es realmente Sherlock Holmes?

Holmes es un astuto detective que vive en la ya famosa Baker Street, en el número 221 B. Su método es puramente deductivo. Holmes es un gran observador, con solo una mirada es capaz de deducir cosas verdaderamente increíbles. Además entiende de química, es un gran violinista y gran luchador. Pero también tiene muchos defectos, como su adicción a la cocaína o su misoginia. ¿Quién dijo que era perfecto?

Aquí podéis ver todos sus libros y los argumentos de éstos. Todas las historias de Sherlock Holmes están disponibles en Internet pero yo os recomiendo que las leáis en la antigua colección Tus libros de la Editorial Anaya, ya que todos vienen con las ilustraciones origininales y con apéndices escritos por grandes críticos y escritores como Juan José Millás o Juan Tébar. ¡Disfrutad!

La segunda aparición de Sherlock Holmes en las prensas ocurrió poco después de que el doctor Watson hubiera publicado «un pequeño folleto, con el título algo fantástico de Estudio en Escarlata», que por cierto no mereció los elogios del detective. Y, aunque el contumaz narrador empleara en El signo de los cuatro la misma reprobada técnica que en la primera, gracias a «la prueba del reloj» supimos que el doctor Watson tuvo un hermano, pudimos gozar una vez más del envidiable ingenio de Holmes, y atisbamos algunas de las complejas características de su cerebro: encaminado a combatir el crimen, también en él «había material para un buen hombre y un rufián».

 

Es ésta la novela en que Conan Doyle dio a conocer al inmortal detective Sherlock Holmes, y al doctor Watson, su no menos genial narrador. Un cadáver hallado en extrañas circunstancias pone en marcha los reflejos deductivos de Holmes, mientras la policía oficial se pierde en divagaciones equivocadas o arresta a inocentes ciudadanos. Un nuevo asesinato parece complicar la historia, pero a Holmes se la aclara. Nuestro detective no sólo encuentra al asesino, sino que intuye la historia turbulenta que lo motiva: la de otros asesinatos ocurridos treinta años atrás y cuyos ecos llegan al presente, historia que constituye una segunda novela tan apasionante como la primera.

 

Sherlock Holmes había dado ya muestras de su genio en Estudio en Escarlata y en El signo de los cuatro, pero los lectores no se dieron cuenta de su genialidad. Entonces a Conan Doyle —¿a Watson?— se le ocurrió la brillante idea de pasear al detective por una serie de relatos cortos. Empezó publicándolos en la revista Strand en julio de 1891. En octubre, cuando sólo se habían publicado tres historias, los editores le imploraban más aventuras de Holmes, el público agotaba las ediciones y Doyle subía sus tarifas. La presión del público era tal, que antes de terminar los doce relatos que componen este volumen, el autor empezó a acariciar la idea de acabar con su criatura.

 

Contiene este volumen once de los casos más notables que resolvió Sherlock Holmes, donde no sabemos qué admirar más: si la inteligencia de Holmes como detective o la maestría de Watson como narrador. La fama de Holmes creció de tal manera que a Conan Doyle llegó a hacérsele insoportable. Y decidió asesinarlo. En «El problema final», sobrio y conmovedor relato, en el que de modo extraordinario se trasluce la ternura de Holmes a través de su proverbial impasibilidad, asistimos a la desaparición del detective. Pero fueron tantas y tan violentas las protestas de los lectores, que, diez años después, Conan Doyle se vio obligado a resucitarlo.

 

En «El problema final», la última aventura de Las memorias de Sherlock Holmes, Watson daba cuenta de la desaparición del «mejor y más inteligente de los hombres» que hubiera conocido. Los lectores se soliviantaron. Uno escribió a Doyle tratándole de «¡grandísimo bestia!» por haber sido cómplice de su muerte. Su propia madre le prohibió que cometiera tamaña tropelía. Diez años resistió el autor la presión intolerable de su personaje. Una mañana de primavera de 1894, el doctor Watson se desmayó por primera y última vez en su vida. Ahora sabemos que la causa fue el asombro que le causó la inesperada visión de un resucitado: Holmes había vuelto a la vida.

 

Cinco libros de relatos y cuatro novelas dedicó Conan Doyle a narrar los trabajos del infatigable detective Sherlock Holmes. En esta novela, que en realidad son dos, el doctor Watson empleó la misma técnica narrativa que en las dos primeras, técnica por cierto que Holmes había reprochado a su cronista, como don Quijote al suyo, pues no había para qué «valerse de novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir en los míos». Los lectores, menos exigentes o más entregados, se lo agradecieron. El ingenio de Holmes brilló como siempre, mientras el lector recibía por añadidura una premonición de novela negra, en la que acaso se inspiró Hammett para redactar Cosecha roja.

 

Los últimos años de la vida de Holmes, una época de cambio, se caracterizaron por un talante reflexivo y melancólico poco habitual en él. Sabemos que padeció una enfermedad y que abrió su corazón a un doctor Watson ya «reumático y envejecido». Si en la tumba de Conan Doyle figura el siguiente epitafio: «Temple de acero, rectitud de espada», cabe imaginar que al propio autor le hubiera gustado grabar uno semejante en la de Sherlock Holmes. O quizá lo ocultó sencillamente porque, para coronar la gloria de su detective, le bastaba atestiguar que Holmes, mientras enviaba su último saludo desde el escenario, desde su retiro de sesentón escribía un Manual de apicultura.

 

Parece que Doyle y el doctor Watson no tenían los mismos puntos de vista sobre el interés de las correrías de Holmes. Mientras el primero lo consideraba un entrometido que le impedía dedicarse a cosas «más serias», Watson se empeñaba en resucitar los casos que tenía cuidadosamente anotados en su archivo. La historia ha dado la razón al doctor y ha preferido la «agenda» del detective a todas las preocupaciones metafísicas de su autor. Y Watson, que era ya para Holmes «una de sus costumbres, como el violín, el tabaco… y otras quizá menos disculpables», abre esa caja de sorpresas y nos muestra a un Sherlock Holmes «en el momento culminante de su carrera».

 

Sobre los habitantes de la casa de los Baskerville, en mitad de las landas salvajes, pesa una terrible leyenda: un demonio, en forma de perro gigantesco, se les aparece cuando suena la hora de su muerte. Y la leyenda ha recobrado su valor sugestivo con la muerte inesperada de sir Charles, el último de los Baskerville que vivía en la antigua casa, y por los horribles aullidos que de tarde en tarde se escuchan en dirección a los pantanos de Grimpen.

 

 

 

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